Un paseo por el campo
Cuando te formas como guía de montaña, hay recomendaciones y normas que te se suelen decir para que no salgas rodando por laderas de piedra o tierra, siempre piensas que esas enseñanzas habrá que ponerlas en prácticas en alguna montaña perdida del Pirineo, de Sierra Nevada, de Gredos, etc. Pero lo que no sabía, es que una de esas técnicas la iba a usar por la Sierra de Aracena, o al menos, en un paseo campestre.
En esta Sierra hay una carretera que va desde Aracena hasta la N435, pasando por Linares de la Sierra, Alájar y Santa Ana la Real. En esta carretera puedes ver unos picos curiosos, con fuertes pendientes, y llena de vegetación. Muchas veces vamos por esa carretera hacia Alájar, a la Peña de Arias Montano, para hacer una visita a este monumento natural, y siempre nos preguntamos que se ve desde lo alto de esas montañas. Y ya lo sabemos.
Empezamos una ascensión fácil, desde la carretera que citamos antes, entre pinos y algún que otro alcornoque. No estaba muy cerrado el bosque, así que no tuvimos problemas en subir rápido, hasta la primera franja de matorral bajo, y lo de bajo es solo un calificativo, ya que nos llegaba hasta el cuello. Decidimos seguir por lo que parecían sendas de animales, y nos encasquetamos a 100 m. de la cima, en línea recta. La ruta más cercana para llegar a la cima era seguir la linea recta, un bloque de piedra y matorral era lo que nos impedía subir hasta arriba del todo. Ataviados con nuestros cascos, arneses y elementos de seguridad, comenzamos a subir por la piedra, y cuál fue nuestra sorpresa, que la piedra se venía abajo, así que visto el panorama que se nos presentaba, decidimos dar un rodeo, hasta encontrar una nueva senda, que nos encaminó hasta la cima, desde dónde merece la pena subir para ver un paisaje espectacular.
Y he aquí dónde no pensaba que iba a utilizar esas famosas técnicas de descenso que me enseñaron mis profesores de Benasque. Las únicas veces que las había utilizado eran en montañas de unos 2000 m. de altitud, pero ahí estuvimos descendiendo con el bastón de trekking clavado en la parte más cercana de la ladera, una mano puesta en mitad del bastón y la otra en la empuñadura, quién nos iba a decir a nosotros, que en mitad de un monte, con tanto matorral, nos íbamos a encontrar una pequeña pedrera tan vertical, y tan fina...
Fue una experiencia curiosa, pero sobretodo muy gratificante... y aun quedan muchas más.